Confesión y Examen de conciencia

   

CONFESARSE
 
Para mucho de nosotros, no es fácil y en otras ocasiones, no nos parece agradable confesarnos, arrodillarnos frente al sacerdote pareciera doblegarnos. Sin embargo, después de la confesión tenemos una gran paz espiritual, esta nos  restituye nuestra amistad con Dios, nos aumenta la gracia santificante, nos refuerza la fe, nos aumenta la fuerza para evitar cometer mas falta, nos da vigor para no caer en la tentación y nos compromete a no ofender a Dios.

Sin embargo, después de confesarnos, muchas veces nos sucede que no nos sentimos seguros si hemos hecho una buena confesión, como también nos ocurre que cuando estamos frente al sacerdote nos cohibimos o nos contenemos de decir todas nuestras faltas.  Más de alguna vez, pensamos que ciertas cosas no son faltas y no las decimos o nos justificamos. ¿Entonces que hacer? , 


EXAMEN DE CONCIENCIA

Cada cual puede tener un método para prepararse para la confesión, muchos proponen un examen de conciencia previo a confesarse, ¿Cómo hacerlo?, creo que sin angustiarse y sin apesadumbrarse con las faltas, pero con mucha confianza en Dios sabiendo que seremos perdonados.


“Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder” Santiago 5, 16

Examinemos nuestra conciencia en oración ante Dios, escuchando su voz en nuestro corazón, Dios siempre perdona cuando hay arrepentimiento.


Contemplen al que traspasaron" Jn 19:37


Contemplemos a Cristo, su amor manifiesto en su Cruz, el nos ayudara a prepararnos.

Al preparar nuestro Examen de Conciencia, recordemos que tenemos Diez Mandamientos que cumplir y observemos en cuales hemos faltado. También podemos profundizar en los llamados Siete Pecados Capitales, sin olvidar que faltamos muchas veces al no admitir nuestros defectos de carácter y no aprovechamos los dones que Dios nos ha dado para servirle.


A continuación propongo algunas preguntas a responder, quizás falten muchas mas, ya que esto es una mínima ayuda.



DE LOS DIEZ MANDAMIENTOS

   I.           AMARÁS A DIOS SOBRE TODAS LAS COSAS

Amo de verdad a Dios

Siente mi corazón que ama a Dios

Confío siempre en Dios

Le doy a Dios un instante de mi tiempo personal

Me dejo guiar por Dios

Alabo a Dios

Agradezco a Dios

Escucho a Dios

Uso los dones que Dios me ha dado

   II.           NO TOMARÁS EL NOMBRE DE DIOS EN VANO

Hablo bien de Dios

He mentido tomando a Dios por testigo

Utilizo el nombre de Dios para las cosas frívolas (por ej. jurar por Dios)

   III.           SANTIFICAR EL DÍA DEL SEÑOR

Voy a Misa los Domingo

Rezo con amor durante la Eucaristía

Pido perdón a Dios durante la celebración

Me reconcilio con mis hermanos durante la Misa



   IV.           HONRAR PADRE Y MADRE

Me preocupo por cuidar a mis padres

Atiendo las necesidades de mis padres

Doy tiempo a mis padres


Soy obediente a mis padres

Miento a mis padres


V.           NO MATARÁS



Promuevo y acepto el aborto

He pensado suicidarme


Pongo en peligro la vida de los demás
Hablo mal de alguien ("sacar el cuero")

VI.           NO COMETER ACTOS IMPUROS




Leo o veo pornografía
Veo programas o películas con contenidos malos
Pienso deliberadamente en cosas impuras


   VII.           NO ROBAR

He robado

Le he quitado indebidamente algo a alguien

He engañado para mi beneficio

No he devuelto lo que no es mío

Me aprovecho de mi situación en mi beneficio 


   VIII.           NO LEVANTARÁS FALSOS TESTIMONIOS NI MENTIRÁS

Digo la verdad

Hablo mal de los demás

Revelo secretos que se me ha confiado

Busco que otros opinen mal de mis hermanos

Induzco a pensar erróneamente de alguien


   IX.           NO CONSENTIRÁS PENSAMIENTOS NI DESEOS IMPUROS.

Vivo con desorden a las facultades morales del hombre

Permito o promuevo a otros a cometer pecados


X.           NO CODICIARÁS LOS BIENES AJENOS.

Tengo deseos de avaricia

Deseo cosas que no me pertenecen

Me siento envidioso

Le deseo mal a otros


DE LOS PECADOS CAPITALES

Los pecados o vicios capitales son aquellos a los que la naturaleza humana caída está principalmente inclinada. Es por eso muy importante para todo el que desee avanzar en la santidad aprender a detectar estas tendencias en su propio corazón y examinarse sobre estos pecados. Los pecados capitales son enumerados por Santo Tomás como siete: soberbia (orgullo), avaricia, lujuria,  ira, gula (glotonería), envidia, acidia (pereza). 


1.- SOBERBIA: Consiste en una estima de sí mismo, o amor propio indebido, que busca la atención y el honor y se pone uno en antagonismo con Dios.

Me he rehusado a Obedecer a Dios

Vanagloria, la siento de sí mismo a causa de las ventajas que tengo y me jacto de poseer por sobre los demás

Jactancia, me esmero alabarme a mismo para hacer valer vistosamente mi superioridad y mis buenas obras.

Me elevo por sobre los demás en dignidad exagerando, para ello, el lujo en los vestidos y en los bienes personales.

Soy altanero, trato al prójimo, hablándole con orgullo, con terquedad, con tono despreciativo y mirándolo con aire desdeñoso.

Soy ambicioso, con deseo desordenado de elevarme en honores y dignidades como cargos o título.

Soy hipócrita, hago simulación de la virtud y la honradez con el fin de ocultar los vicios propios o aparentar virtudes que no se tengo.

Soy presumido y confío demasiado de que soy capaz de efectuar mejor que cualquier otro ciertas funciones


2.- AVARICIA: Inclinación o deseo desordenado de placeres o de posesiones. Es uno de los pecados capitales, está prohibido por el noveno y décimo mandamiento.

Tengo apego inmoderado a los bienes con; “esa  pasión ardiente de adquirir o conservar lo que tengo a toda costa.

Me resisto a dar al que necesita.

He privado a otros de algún bien.

Le he negado a un hermano algo que me sobra.

He participado de hechos fraudulentos para mi beneficio

Soy tacaño 


3.- LUJURIA: El deseo desordenado por el placer sexual. Los deseos y actos son desordenados cuando no se conforman al propósito divino, el cual es propiciar el amor mutuo de entre los esposos y favorecer la procreación. Es un pecado contra el Sexto Mandamiento.

¿Alguna vez miré pornografía por internet o por cualquier otro medio?
¿Alguna vez tuve pensamientos impuros de manera libre y deliberada? 
¿Soy recatado/a con la vestimenta?
¿Respeto al otro sexo?


4.- IRA: Uno de los siete Pecados Capitales. El sentido emocional de desagrado y, generalmente, antagonismo, suscitado por un daño real o aparente. La ira puede llegar a ser pasional cuando las emociones se excitan fuertemente.

He actuado contrario a la razón.

Actúo sin moderación

Tengo deseos de venganza

Me siento maquiavélico

Me domina la pasión en las discusiones

Me indigno sin razón

Participo de alguna riña 


5.- GULA: La gula es el deseo desordenado por el placer conectado con la comida o la bebida.

He respetado el ayuno

Practico el hurto para comer solo por placer.

Mi deleite en el comer se reduce a un fin único y preponderante en la vida.

No soy capaz de guardar abstinencia en los días de precepto

Me provoco voluntariamente el vómito para continuar el deleite de la comida.


6.- ENVIDIA: Rencor o tristeza por la buena fortuna de alguien, junto con el deseo desordenado de poseerla. Es uno de los siete pecados capitales. Se opone al décimo mandamiento.

Me entristece que otros tengan bienes materiales

Me aflige si otro tiene un puesto que yo deseo

Siento insatisfacción por los bienes que pose otro.

Me angustia que otros sean felices

Le deseo mal a alguien


7.- ACIDIA (PEREZA): Falta culpable de esfuerzo físico o espiritual; acedia, ociosidad.

Deliberadamente me entristece sentirme obligado cooperar con mis hermanos.

Descuido mi salud, me pereza ir al medico

Soy inconsistente en el bien

Desisto rápidamente de mis obligaciones.

No ejecuto lo que se me ha encomendado

No me atrevo a ayudar y me abandono en la inacción

Me siento ocioso

Soy cómodo y no me agrada el sacrificio de levantarme temprano

Me fugo del trabajo  escolar


REFLEXION FINAL

Todos estamos muy necesitados de la paz interior, reconocer nuestras faltas, es un paso para lograrlo, la culpa se elimina reconociéndola.

La confesión nos invita a hacer un examen profundo de nuestra conciencia, descubrir lo que llevamos adentro, por tanto nos ayuda a conocernos mas,

Pero hay algo de gran importancia, necesitamos saber si estamos en condiciones de ser perdonados, y necesitamos saber que hemos sido perdonados.

No olvidemos que una cosa es pedir perdón y otra distinta ser perdonado.

Del Catecismo Católico, 1422 "Los que se acercan al sacramento de la penitencia obtienen de la misericordia de Dios el perdón de los pecados cometidos contra El y, al mismo tiempo, se reconcilian con la Iglesia, a la que ofendieron con sus pecados. Ella les mueve a conversión con su amor, su ejemplo y sus oraciones" (LG 11).

Necesitamos una confirmación exterior, sensible, de que Dios ha aceptado nuestro arrepentimiento. Esto sucede en la confesión: cuando recibimos la absolución, sabemos que el sacramento ha sido administrado, y como todo sacramento recibe la eficacia de Cristo.


Texto basado en reflexiones del Pedro Sergio Antonio Donoso Brant

Palestina en tiempos de Jesús



"Recorría toda Galilea enseñando en las sinagogas y proclamando el Evangelio del Reino, curando las enfermedades y dolencias del pueblo. Su fama se extendió por toda Siria y le traían todos los enfermos aquejados de toda clase de enfermedades y dolores, endemoniados, lunáticos y paralíticos. Y él los curaba. Y le seguían multitudes venidas de Galilea, Decápolis, Jerusalén, Judea y Trans¡ordanía" (Mt 4,23-25).

La Fiesta de las tiendas o de los tabernáculos o de las chozas


Una de las tres grandes fiestas del calendario litúrgico hebreo, incluso la más grande. El nombre común, fiesta de los Tabernáculos, trae a la mente la costumbre establecida por la ley de Levítico 23,40, de erigir en los tejados de las casas, incluso en calles y plazas públicas, chozas de ramas y follaje en las que estaban obligados a vivir durante la celebración entera todos los que no estuviesen exentos debido a enfermedad o debilidad.

Esta consideración naturalista, no toma en cuenta la significación que en todo momento se vinculó a la fiesta. Es cierto que uno de los rasgos de las celebraciones era, en cierto modo, una fiesta del final de la cosecha y una ofrenda de acción de gracias por las cosechas del año (Deuteronomio 16,13; Éxodo 23,16); y es debido, quizás, a este rasgo especial que el carácter del evento era de júbilo y regocijo, y que entonces se ofrecían numerosos sacrificios; aún así para los judíos, la fiesta de los Tabernáculos fue siempre y principalmente, en conmemoración de la morada de sus antepasados en sus tiendas del desierto (Lev. 23,43) y en acción de gracias por la morada permanente recibida en la Tierra Prometida, y luego, tras la construcción del Templo, por un lugar de culto permanente (cf. 1 Reyes 8,2; 12,32). 

La fiesta comenzaba en el decimoquinto día del séptimo mes, Ethanim de Tishri (aproximadamente nuestro septiembre), y duraba siete días (Lev. 23,34-36). Cada israelita varón, según la ley, estaba obligado a ir a Jerusalén, y "todos los pertenecientes al pueblo de Israel", estaba obligado a vivir en las chozas que, aunque conllevaba un poco de incomodidad, al mismo tiempo contribuía mucho a la reinante alegría de la celebración. Entonces, la distinción entre ricos y pobres se flexibilizaba algo en el campamento general, de esta manera la fiesta tenía una influencia social más beneficiosa. 

El primer día se consideraba el más solemne y como si fuese un sábado, cualquier trabajo servil estaba prohibido en ese día; durante toda la octava se ofrecían numerosos sacrificios (Núm. 29,12-39) y el octavo día [llamado el más solemne de la fiesta en Juan 7,37], también se consideraba un sábado igual al primero, marcado por sacrificios especiales propios, se tumbaban las chozas y las personas retornaban al hogar. 

Después del Exilio en Babilonia, la fiesta se prolongó hasta el vigésimo quinto día del mes, y se añadieron dos nuevos ritos al antiguo ceremonial. Cada mañana de la celebración, un sacerdote bajaba hasta la Fuente de Siloé, de donde traía, en una vasija dorada, agua que derramaba sobre el altar de los holocaustos en medio de cantos de aleluya [Sal. 111(110)-118(117)] y el sonido jubiloso de instrumentos musicales.
Posiblemente fue la realización de esta ceremonia que dio a Nuestro Señor la ocasión para comparar la acción del Espíritu Santo en los fieles con una fuente de agua viva (Juan 7,37-39). 

El otro nuevo rasgo agregado al ritual de la fiesta fue la iluminación del patio de las mujeres, conjuntamente con el cantar de los Salmos Graduales [Sal 120(119)-134(133)] y la representación de danzas o procesiones en los recintos sagrados. En el octavo día una procesión pasaba siete veces alrededor del altar, llevando ramas de mirto y palmeras y gritando: "¡Hosanna!", en memoria de la caída de Jericó. 

Cada siete años, que es el año sabático, durante la Fiesta de las Tiendas, se debía leer la Ley delante de todo el pueblo según el mandato que aparece en Deut. 31,10. Pero probablemente esta norma luego fue considerada impracticable; y entonces las autoridades judías ordenaron leer una porción de la Ley en cada sábado, comenzando en el siguiente sábado después de la Fiesta de los Tabernáculos en un año sabático y terminando con la Fiesta de los Tabernáculos al siguiente año sabático (o de remisión), calculando así que el Pentateuco se leería en el transcurso de siete años. De este modo se cumpliría el mandato de alguna manera. 

Algún tiempo después, los judíos de Palestina prolongaron las secciones para cada sábado de tal modo que se podía leer la Ley entera en tres años. En la actualidad (esta costumbre parece remontarse al primer siglo a.C.) los judíos tienen el Pentateuco dividido de tal forma que lo leen completo en un año, la primera Parashah (división) establecida para el sábado después de la Fiesta de los Tabernáculos, y los últimos capítulos para el último día de la fiesta del año siguiente, siendo este el día de "regocijo en la Ley." 




Fuente: Souvay, Charles. "The Feast of Tabernacles." The Catholic Encyclopedia. Vol. 14. New York: Robert Appleton Company, 1912.
Traducido por José Luis Anastasio. L H M, en Enciclopedia Católica (http://ec.aciprensa.com)

El Credo de Nicea o Credo Nicenoconstantinopolitano



El Credo de Nicea-Constantinopla, es más largo por ser mas explícito. Debe su gran autoridad al hecho de que es fruto de los dos primeros Concilios ecuménicos, como su nombre lo indica respectivamente Concilio de Nicea año 325 y el Concilio de Constantinopla año 381. Sigue siendo hoy el símbolo común de todas las Iglesias de Oriente y Occidente.



Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo visible y lo invisible. 
Creo en un solo Señor, Jesucristo, Hijo único de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos: Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre, por quien todo fue hecho; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María, la Virgen, y se hizo hombre; y por nuestra causa fue crucificado en tiempos de Poncio Pilato, padeció y fue sepultado, y resucitó al tercer día, según las Escrituras y subió al cielo, y está sentado a la derecha del Padre; y de nuevo vendrá con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin. 
Creo en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre y del Hijo, que con el Padre y el Hijo recibe una misma adoración y gloria, y que habló por los profetas. Creo en la Iglesia, que es una, santa, católica y apostólica. Confieso que hay un solo bautismo para el perdón de los pecados. Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro. Amén.

No nos es posible conocer realmente lo que no amamos, como tampoco podemos amar aquello que no conocemos. ¿Cómo podríamos conocer a una persona sólo de oídas o porque leyó algo sobre ella? Para poder amar, es preciso primero conocer, y conocer bien. Sólo el amor hace que alguien revele a otra su intimidad, lo que hay en su corazón. Pero, ¿cómo conocerá alguien a una persona si no la ama de verdad?

Conocer las verdades fundamentales de nuestra fe católica nos servirá de mucho para hacer crecer nuestro amor a Dios, a la Iglesia y a nuestros hermanos. Además, nos permitirá vislumbrar con mayor claridad el plan de Dios para el hombre y para cada uno de nosotros en particular. 

No basta con creer, hay que saber dar razón de nuestra esperanza. Puede que uno esté convencido de sus creencias, pero: ¿qué ocurriría si alguien nos pidiera una explicación valedera del porqué creemos en eso? ¿Cómo podremos estar alertas para advertir una posible desviación de nuestra doctrina católica apenas ésta se produce? ¿Estamos capacitados para defender las verdades de nuestra fe ante tantas doctrinas que intentan desvirtuar la fuerza y la verdad del Evangelio de Jesucristo?

No basta con creer. Hay que saber ayudar a creer y mantener sin adulteración la fe que profesamos y el mensaje que anunciamos.

Hoy, más que nunca, amar a Dios debe significar también amar nuestra fe y lo que la Iglesia nos enseña. Y no podremos amar lo que no conocemos bien. El depósito de la fe que hemos recibido tras veinte siglos de evangelización, tiene un valor tan grande que no podemos exponerlo a alteraciones o malas interpretaciones. Tiene un valor tan grande, que merece conocerlo y tratar de entenderlo lo mejor posible. Y sobre todo, tratar de vivirlo, para demostrar así que vivimos lo que creemos, y creemos lo que predicamos.


Decir «yo creo»
  • Decir «yo creo» es decir «yo confieso, yo proclamo» la grandeza y el poder de Dios.
  • Decir «yo creo» es hacer una profesión de fe en Dios y en sus gestos de salvación.
  • Decir «yo creo» es comprometerse en aquello que se afirma no sólo por la palabra, sino también en el estilo de vivir.
  • Decir «yo creo» es reconocer a Dios. (Es importante el prefijo «re». Creer no es sólo conocer, es, sobre todo, reconocer, es decir, aceptar lo conocido no sólo con la cabeza, sino también con toda la existencia).
  • Decir «yo creo» es optar con seguridad por alguien; pero esto no elimina los momentos de duda que puedan existir. Nada ni nadie puede suprimir la libertad de Dios y la libertad de los hombres.
  • Decir «yo creo» es decir ser discípulo, seguidor de ALGUIEN.
  • Decir «yo creo» es dejar a un lado unas seguridades que vienen de otra parte y tomar como única seguridad a Aquel en quien creo.
  • Decir «yo creo» es decir yo me asiento por encima de todo en Dios y sólo en Él encuentro solidez y consistencia.
  • Decir «yo creo» es vivir confiado en una ROCA que no falla. 

Cuestionario
  1. ¿Por qué consideras que es importante conocer y profundizar las verdades que profesamos?
  2. ¿Qué es lo que hizo que creas en el Señor como lo haces ahora?
  3. ¿En qué radica la diferencia de decir «Creo en Dios» para un cristiano con respecto a quienes no lo son: judíos, musulmanes, etc.?
  4. Algunos dicen con frecuencia: «Yo me las entiendo a solas con Dios», «a mí Jesús me dice algo, pero de la Iglesia no quiero saber nada». ¿Qué respuesta das a estas objeciones? 


Credo de los Apóstoles



Desde su origen, la Iglesia apostólica expresó su fe en formulas breves y normativas para todos, quiso recoger lo esencial de su fe en resúmenes orgánicos y articulados, destinados sobre todo a los candidatos al bautismo. Esta síntesis de fe no ha sido hecha según opiniones humanas, sino que se ha tomado de toda la Escritura lo más importante, para dar en su integridad la única enseñanña de la fe. A esta se le llama "profesión de fe", y también se le llama Credo, ya que la primera palabra en ella es "Creo". Se les denomina igualmente "símbolos de la fe".
 
A lo largo de los siglos, en respuesta a las necesidades de diferentes épocas, se han elaborado numerosos símbolos de nuestra fe, por ejemplo: 

-Los símbolos de las diferentes Iglesias apostólicas y antiguas.
-El llamado símbolo de San Atanasio
-La profesión de fe de ciertos Concilios como los de Toledo, Letrán, Lyón, Trento, o de ciertos Papas como la "Fides Damasi" o "El credo del pueblo de Dios, del Papa Pablo VI".

Ninguno de estos símbolos (o Credos) compuestos en diferentes etapas de la vida de la Iglesia puede ser considerado como superado o inútil. Nos ayudan a captar nuestra fe a través de los diversos resúmenes que se han hecho.

El Credo de los Apóstoles o Símbolo de los Apóstoles, es el corto y que usualmente se usa en Misa, es llamado de los apóstoles por que es considerado con justicia como el resumen fiel de la fe de los apóstoles. Es el antiguo símbolo bautismal de la Iglesia Romana. Su gran autoridad proviene del hecho de que es el símbolo que guarda la Iglesia Romana, la que fue sede de Pedro, el primero de los apóstoles, y a la cual él llevó a la doctrina común.

Recitar con fe el Credo es recordar nuestro Bautismo y entrar en comunión con Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, es también entrar en comunión con toda la Iglesia que nos transmite la fe y en el seno de la cual creemos. 

El Símbolo o Credo de los Apóstoles dice:

"Creo en Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra. 
Creo en Jesucristo, su único Hijo, nuestro Señor, que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo, nació de Santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos y está sentado a la derecha de Dios, Padre todopoderoso. Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos. 
Creo en el Espíritu Santo, la santa Iglesia católica, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida eterna. Amén."

Sustento bíblico de su contenido

Creo en Dios. "Nuestro Dios es el único Señor" (Deuteronomio 6,4;Mc 12,29)
Padre Todo Poderoso. "Lo que es imposible para los hombres es posible para Dios" (Lucas 18,27).
Creador del Cielo y la Tierra. "En el comienzo de todo, Dios creó el cielo y la tierra"(Génesis 1,1).
Creo en Jesucristo. "El es el resplandor glorioso de Dios, la imagen misma de lo que Dios es" (Hebreos 1,3).
Su único Hijo. "Pues Dios amo tanto al mundo, que dio a su Hijo Único, para que todo aquel que crea en él no muera, sino que tenga vida eterna" (Juan 3,16).
Nuestro Señor. "Dios lo ha hecho Señor y Mesías" (Hechos 2,36).
Que fue concebido por obra y gracia del Espíritu Santo. "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Dios altísimo descansará sobre ti como una nube. Por eso, el niño que va a nacer será llamado Santo e Hijo de Dios" (Lucas 1,35).
Nació de Santa María Virgen. "Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había dicho por medio del profeta: ‘la Virgen quedará encinta y tendrá un hijo, al que pondrá por nombre Emmanuel' (que significa "Dios con nosotros")" (Mateo 1,22-23).
Padeció bajo el poder de Poncio Pilato. "Pilato tomó entonces a Jesús y mandó azotarlo. Los soldados trenzaron una corona de espinas, la pusieron en la cabeza de Jesús, y lo vistieron con una capa de color rojo oscuro" (Juan 19,1-2).
Fue crucificado. "Jesús salió llevando su cruz, para ir al llamado ‘lugar de la Calavera' (o que en hebreo se llama Gólgota). Allí lo Crucificaron, y con él a otros dos, uno a cada lado. Pilato mandó poner sobre la cruz un letrero, que decía: ‘Jesús de Nazaret, Rey de los judíos" (Juan 19,17-19).
Muerto y sepultado. "Jesús gritó con fuerza y dijo: -¡Padre en tus manos encomiendo mi espíritu! Y al decir esto, murió (Lucas 23,46). Después de bajarlo de la cruz, lo envolvieron en una sábana de lino y lo pusieron en un sepulcro abierto en una peña, donde todavía no habían sepultado a nadie (Lucas 23,53).
Descendió a los infiernos. "Como hombre, murió; pero como ser espiritual que era, volvió a la vida. Y como ser espiritual, fue y predicó a los espíritus que estaban presos" (1Pedro 3,18-19).
Al tercer día resucito de entre los muertos. "Cristo murió por nuestros pecados, como dicen las Escrituras, que lo sepultaron y que resucitó al tercer día" (1Corintios 15, 3-4).
Subió a los cielos, y está sentado a la derecha del Padre Todopoderoso. "El Señor Jesús fue llevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios" (Marcos 16,19).
Desde ahí ha de venir a juzgar a vivos y muertos. "El nos envió a anunciarle al pueblo que Dios lo ha puesto como juez de los vivos y de los muertos" (Hechos 10,42).
Creo en el Espíritu Santo. "Porque Dios ha llenado con su amor nuestro corazón por medio del Espíritu Santo que nos ha dado" (Romanos 5,5).
Creo en la Santa Iglesia Católica. Que es una. "Para que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado".(Jn 17,21; Jn 10,14; Ef 4,4-5)
Santa. "La fe confiesa que la Iglesia... no puede dejar de ser santa(Ef 1,1). En efecto, Cristo, el Hijo de Dios, a quien con el Padre y con el Espíritu se proclama 'el solo santo', amó a su Iglesia como a su esposa(Ef 5,25). Él se entregó por ella para santificarla, la unió a sí mismo como su propio cuerpo y la llenó del don del Espíritu Santo para gloria de Dios" (Ef 5,26-27). La Iglesia es, pues, "el Pueblo santo de Dios" (1 Pe 2,9), y sus miembros son llamados "santos" (Hch 9, 13; 1 Co 6, 1; 16, 1).
Catolica. "Y yo te digo que tu eres Pedro, y sobre esta piedra voy a construir mi iglesia; y ni siquiera el poder de la muerte podrá vencerla" (Mateo 16,18). Posee la plenitud que Cristo le da(Ef 1,22-23).Es católica porque ha sido enviada por Cristo en misión a la totalidad del género humano (cf Mt 28, 19)
Y Apostólica. El Señor Jesús dotó a su comunidad de una estructura que permanecerá hasta la plena consumación del Reino. Ante todo está la elección de los Doce con Pedro como su Cabeza (cf. Mc 3, 14-15); puesto que representan a las doce tribus de Israel (cf. Mt 19, 28; Lc 22, 30), ellos son los cimientos de la nueva Jerusalén (cf. Ap 21, 12-14). Los Doce (cf. Mc6, 7) y los otros discípulos (cf. Lc 10,1-2) participan en la misión de Cristo, en su poder, y también en su suerte (cf. Mt 10, 25; Jn 15, 20). Con todos estos actos, Cristo prepara y edifica su Iglesia.2 Tim 2,2
 Creo en la comunión de los Santos. "Después de esto, miré y vi una gran multitud de todas las naciones, razas, lenguas y pueblos. Estaban en pie delante del trono y delante del Cordero, y eran tantos que nadie podía contarlos" (Apocalipsis 7,9).
 
El perdón de los pecados. "A quienes ustedes perdonen los pecados, les quedarán perdonados" (Juan 20,23).
La resurrección de la carne. "Cristo dará nueva vida a sus cuerpos mortales" (Romanos 8,11).
Y la vida eterna. "Allí no habrá noche, y los que allí vivan no necesitarán luz de lampara ni luz del sol, porque Dios el Señor les dará su luz, y ellos reinarán por todos los siglos" (Apocalipsis 22,5).
Amen. "Así sea. ¡Ven, Señor Jesús!" (Apocalipsis 22,20).

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